Cuando
apareció el 49er estaba claro que representaba un salto enorme
entre las clases entonces existentes y ese super skiff. La ISAF
pensó que hacía falta un barco que representase un
paso intermedio previo al 49er e hizo el correspondiente encargo
a los diseñadores navales. Algo que prepare a los jóvenes
durante un tiempo antes de saltar al 49er, que les habitúe
a la velocidad, a las reacciones fulgurantes, a la maniobrabilidad
que deberán dominar para navegar en esa clase.
Y
fue el mismo diseñador del 49er, Julian Bethwaite, quien
presentó poco después el 29er, basado en la misma
filosofía del barco que había asombrado al mundo.
Pronto quedó claro que no sólo era el paso intermedio
perfecto en el camino hacia el 49er sino que por sí mismo,
el 29er era un barco que formaría su propia escuela y sería
el elegido por muchos jóvenes para la práctica de
su deporte. Este barco marcaba un importante punto de inflexión:
por primera vez se presentaba un barco pensado para juveniles en
los que las altas prestaciones eran el principal protagonista. La
prensa especializada acogió con entusiasmo la nueva clase
y empezó a especularse con lo que representaría para
la Vela en general. "Este barco representará para el
yachting lo que el snowboard representó para el ski",
llegó a decir un periodista de la talla de Ian Bruce. Y,
viendo la evolución que está teniendo en los países
en los que se ha introducido, es evidente que no le falta razón.
La
prueba que he realizado con este barco ha sido en tres fases, cada
una de ellas en condiciones diversas de viento y con tripulantes
diferentes. La última, la más divertida porque se
ha hecho con viento realmente fuerte, ha sido con mi querido y buen
amigo Pepe Sánchez, director de velaligera.com.
·
El
barco
Curiosamente el 29er presenta elementos de lo más sofisticado
junto a elementos convencionales (que años atrás hubieran
sido considerados muy sofisticados). Así, en la construcción
del casco se ha omitido todo tipo de material exótico. Nada
de nidos de abeja, carbono, kevlar… Resina de poliéster
y fibra de vidrio. Una construcción muy robusta, pensada
para durar mucho tiempo en condiciones óptimas y para que
cualquier reparación que deba efectuarse sea realmente fácil,
al alcance de todos. La orza y el timón, ambos de sable,
están construidos en extrución de aluminio, lo que
les da una vida prácticamente eterna. Sí, el 29er
está pensado para durar… Y las pruebas efectuadas hasta
ahora demuestran que el tiempo pasa pero los barcos no pierden cualidades
ni dureza.
Las
formas son realmente extremas. Una manga total realmente ancha…
Pero eso es engañoso. La parte que flota es muy esbelta,
de poco contacto con el mar. Una proa afilada acompañada
de una carena que va convirtiéndose en plana a medida que
nos acercamos a popa. Pantoques vivos, popa lanzada, unas alas incorporadas
al casco que nos ayudarán tanto a mantener el barco adrizado
como a desvolcarlo en caso de vuelco en chocolatera.
El mástil, de un sólo piso de crucetas, está
formado por dos secciones diferentes; desde la base hasta el anclaje
de los obenques es de aluminio, y de ahí hasta la perilla
de fibra de carbono. La botavara, de generosa sección, es
de aluminio en todo su desarrollo y va dotada de una eficiente contra
invertida. Y el botalón, de buena longitud, está construido
en fibra de carbono. Sólo dispone de obenques y stay, nada
de violín ni obenques bajos. Simplicidad… pero que
no le resta ni un ápice de eficacia. La caída del
mástil no es regulable; al igual que el 49er, el stay del
29er carece de regulación. Cuando vamos a navegar lo instalamos
para dar tensión a la jarcia, y sobre el cual montamos los
garruchos del foque, y al dejar de navegar usamos los trapecios
para destensar y desmontar el stay y así liberar tensión
de los vientos.
Es
en las velas donde encontramos la máxima sofisticación.
Realizadas en sandwich de mylar con fibra de carbono. Son tan trasparentes,
que podremos ver a través de ellas sin problemas. Sables
forzados tanto en foque como en mayor, el foque va dotado de un
eficaz sistema autovirante. La mayor, al igual que en el caso del
49er, envuelve el mástil en su parte inferior, de tal manera
que el pujamen hace una curva que se alarga hasta casi el pie de
mástil, donde se anclan los controles del cunningham, uno
a cada lado. Realmente el plano vélico del 29er le da un
aspecto espectacular, de absoluta máquina de carreras.
El spinnaker, exuberante, bien dimensionado, de gran positivo en
su grátil, va dotado de un sistema de recogida en chupón
que funciona admirablemente. Ni en los vuelcos, con la vela desplegada
llena de agua, hemos tenido el menor problema para arriar esa vela
con el sistema de recogida.
La maniobra es sumamente sencilla, lo que evita el uso de sandows
para evitar los macramés a bordo. Simplemente un sistema
de control del cunningham, otro para la contra… Y ya está.
Realmente no es en la maniobra donde encontraremos dificultades…
No precisamente ahí.
·
La
navegación
Meter el barco en el agua, la primera vez, puede ser toda una experiencia.
Parece que esté esperando tocar el agua para volcar. Tanta
es su inestabilidad estática. Lo dejas solo, aunque solamente
sea unos segundos y el barco, indefectiblemente, vuelca. Bueno,
pues se trata de tenerlo controlado en todo momento. En este sentido
es como una bicicleta; si se para se cae.
Metemos el barco en el agua, salta el tripulante y clava la orza
y el timón, salta el patrón y se empieza a experimentar
las particularidades de esa carena tan esbelta que comentaba. Hay
que ir de pie, haciendo los equilibrios necesarios para mantener
el barco plano hasta que se sale del puerto y se toma viento limpio.
Una vez en rumbo, el barco tiene una respuesta instantánea:
sale zumbando a la más mínima. El 29er fue diseñado
para ser veloz, y se empeña en demostrárnoslo continuamente,
en cualquier rumbo.
En
ceñida, el tripulante lleva la mayor
Una
de las características principales del 29er es que la escota
de la mayor, desprovista de montecarlos ni mordazas, en las ceñidas
debe ser trimada por el tripulante. Y eso tiene su razón:
si en cualquier Vela Ligera el navegar plano debe ser un objetivo
principal, en el caso del 29er eso adquiere el grado de necesidad
imperiosa. Más menos cinco grados de escora es aceptable,
pero a partir de ahí la caída de rendimiento es espectacular.
El barco se frena, se llega a meter el ala de sotavento en el agua…
Si miramos a popa, con el barco plano parece que acariciemos el
mar. El casco es tan perfecto que apenas dejamos estela, casi no
oímos nada. Con el barco escorado, "labramos" el
mar… Dejamos una larga estela de espuma y turbulencia. Y para
mantener el barco plano se debe trimar la mayor, continuamente,
en ocasiones debemos amollar o recoger buenas dosis de escota, lo
que con una sola mano el patrón no podría hacer.
En
ceñida pasa la ola de forma admirable, la ligereza y finura
de su proa hace que el oleaje adquiera una importancia menor. Y
los pantocazos son muy discretos, casi inaudibles. El tripulante
debe usar el trapecio mucho antes que en otros barcos juveniles,
como el 420, debido al fuerte viento aparente que genera ese barco.
Los bordos, gracias al sistema autovirante del foque, son rapidísimos.
Tan rápidos como deseemos debido a la escasa distancia que
hay entre orza y timón. Tan rápidos como podamos nosotros
pasar de una banda a la otra… Que a veces no es tan veloz
como pensamos. En fin, que los primeros bordos suelen acabar en
el agua. Al menos hasta que hayamos aprendido a virar al mismo ritmo
que somos capaces de movernos a bordo.
Navegamos
contra viento. Poco a poco vamos tomando confianza y el barco pide
más de nosotros. Es un pura sangre que acaba de salir de
una larga permanencia en el establo y quiere correr y desahogarse.
Nosotros le damos más, lo que podemos, lo que sabemos. Es
un barco que no nos lo acabaremos fácilmente. Ajustamos cunningham,
ajustamos contra, el tripulante se esfuerza a tope en el trapecio,
con la mayor en sus manos. El barco parece pedir aún más…
Planea en ceñida sin el menor problema. A diferencia de otros
skiff, el 29er no hace ningún ruido durante el planeo. Sólo
oyes como acaricia el mar, como la polea winch de la mayor trabaja
sin cesar.
Subir el asimétrico, así como su arriado, es realmente
un juego de niños. Una suavidad ejemplar. Pero el acelerón
que experimenta el barco al tomar viento esa vela puede dejar sentado
al tripulante en el fondo del barco. Al menos eso es lo que pasó
en una de las ocasiones. La escota de la mayor pasa a manos del
patrón y el tripulante hace todo lo demás: sube la
vela, caza la escota y a colgarse de nuevo, rápidamente,
que el barco tiene prisa.
Navegar
al largo con un 29er tiene su miga. Todo pasa en menos tiempo que
en otros barcos. Cuando el barco quiere escorar no avisa, simplemente
escora. Parece que eso sea siempre así, en todos los barcos,
pero ahora que puedo compararlo con los demás, esta es la
impresión que me he llevado. Cuando hay que caer… Tienes
que haber caído ya. Incluso a mí, que tengo cierta
experiencia en skiff, me ha costado habituarme al poco tiempo de
reacción que tiene el 29er. Tanto, que ahora los demás
barcos me parecen muy permisivos en ese terreno.
El barco va lanzado, pero la sensación a bordo es relajada.
Parece que vaya sobre raíles. Otra semejanza con la bicicleta:
a más velocidad, más estabilidad. Simplemente se trata
de no ser demasiado brusco con el timón. De lo contrario
nos encontraríamos con que los pies del tripulante se separarían
del casco debido a la fuerza centrífuga (eso también
me ha pasado). La finura de la proa vuelve a mostrar sus virtudes
en los "submarinos". El barco, en las pocas ocasiones
que eso sucede, clava la proa y se produce una notable pero momentánea
inundación en la bañera. Pero la proa vuelve a salir,
airosa, y seguimos navegando sin perder apenas velocidad.
La trasluchada vuelve a ser un momento delicado. Hay que obrar decidida
y progresivamente. Poco timón, cambio de banda al ritmo de
las velas… Es necesario mantener la velocidad. Lo que agradecemos
de nuevo es la presencia del sistema autovirante del foque.
·
Conclusiones
El 29er es impresionante. Navegarlo es toda una experiencia. De
nuevo me vienen a la cabeza las comparaciones que he hecho con un
pura sangre. Y es que el 29er lo es.
No se si es para todos, debido al alto nivel de entrega que requiere
por parte de la tripulación, pero si que lo es para aquellos
que busquen las sensaciones más fuertes, las prestaciones
más elevadas. Un barco que a diferencia de la mayoría
de los que vemos en nuestras costas, aparte de en los entrenos y
regatas lo usarás por el simple placer de sentir su planeo
salvaje, su fulgurante respuesta, su nervio.
Es un barco en el que la labor del tripulante adquiere la mayor
importancia. No sólo el equilibrio del barco, sino el trimado
de la mayor, la velocidad, etcétera dependen de él.
El patrón, en consecuencia, puede prestar más atención
a las cuestiones tácticas.
Rob Mundle, otro periodista especializado, tras la presentación
del 29er dijo: "Una revolución en Yachting Junior irrumpió
la escena internacional gracias al arrollador talento de Bethwaite.
Esta revolución atraerá al deporte a muchos jóvenes,
protagonistas de una generación que busca nuevos desafíos
y mucha excitación. Esta revolución viene gracias
a este nuevo SUPER BARCO: el 29er".
· Características
técnicas
Diseño: Julian Bethwaite (1997)
Eslora: 4.40 m.
Manga: 1.77 m.
Palo: 6.25 m.
Mayor y foque: 12.50 m2
Spinnaker asimétrico: 15.00 m2
Peso: 70 Kg.
Construcción: Foam sandwich
Tripulantes: 2
Nivel: avanzado
Peso tripulación: 110-160 Kg.
Trapecio: simple
Ráting PN: 924
Astillero: Ovington Boats